Capital de Egipto

EL CAIRO

Fundado cerca de las ruinas de la antigua Menfis, el Cairo ha sido la más grande de las ciudades de África durante siglos. El Cairo moderno está compuesto por varias ciudades y sus respectivos monumentos: las pirámides de los faraones, la esfinge, los monumentos cristianos e iglesias, la ciudadela de Saladin, y las mezquitas de los sultanes mamelucos y otomanos. Cinco mil años de cultura se concentran aquí, en el centro de los tres continentes.

Viajar a través del tiempo El Cairo, vivo ejemplo de lo que es la civilización. Disfrutando de las comodidades de una cosmopolita ciudad del siglo XXI.

Los modernos rascacielos se mezclan con minaretes y palmeras, con edificios art-decó y neones multicolores, a pesar de ello, todavía podemos contemplar el anochecer sobre el Nilo. El Cairo posee una atmósfera única, donde el relax y la diversión se unen. La ciudad se reta con la vida, mientras el Nilo continua fluyendo hacia el mar.

“La Madre del Mundo” es una de las más agradables y seguras entre las ciudades del mundo. La hospitalidad egipcia lo asegura, de cualquier lugar donde usted venga, se sentirá como en casa.

Aquí se respira lo inmenso y lo microscópico. El todo y la nada. Aquí la población, la geografía y la arquitectura dejan de ser datos científicos para convertirse en expresiones filosóficas, en claves de lectura del destino de un continente o, incluso del mundo. Esto es El Cairo. Diecisiete millones de personas. El Cairo es la megalópolis contemporánea, más que Nueva York, Tokyo y Ciudad de Méjico, un organismo no dilatado, sino concentrado en espacio. Quien entra en esta ciudad y absorbe su ritmo existencial siente que todo se mezcla y todo se divide como en una infinita proliferación celular. Historia, cultura y costumbres asimilan y aíslan, pero al mismo tiempo vigilan para que la masa y la singularidad se alimenten recíprocamente.

Ante todo está El Cairo de la gente. Un planeta humano, antes incluso que arquitectónico, descrita por Naguib Mahfuz, premio Nobel de Literatura en 1988. Un mundo aparte que, sin embargo está por todos lados. Es la ciudad de los pequeños comerciantes que recorren incesantemente las calles, de los bazares llevando a hombros sus tenderetes, también la de las tiendas, la de los oficios antiguos, la de las callejuelas de arena y de barro que desembocan en las arterias principales, auténticos escenarios de la vida árabe. De las fragancias de las especias mezcladas al olor intenso de la madera quemada de los hornos caseros.

Alrededor se desgrana la ciudad de hoy. Los edificios victorianos del siglo XIX. Las construcciones decó, las funcionalistas, y los hoteles-rascacielos, se mezclan con los cientos de monumentos de la ciudad islámica medieval. Los jardines de la isla de Gezira, verde gometría futurista-cubista de bojs podados en forma de esferas, conos y cubos, el Museo Egipcio, la plaza el Tahrir, el centro neurálgico del nuevo El Cairo, Garden City, zona de bancos y embajadas, los restaurantes, los cines, las boutiques de lujo, tentaciones y promesas de una ciudad a la occidental, en suma la downtown contemporánea palpitante de tráfico por el día, electrizada por el alfabeto de los neones por la noche, sube a atravesar los jardines de El-Ezbekiya, las casas bajas construidas con ladrillos de barro, los palacios mamelucos y las antiguas mezquitas de los tuluníes, de los fatimíes y de los mamelucos, la maravillosa de Ibn Tulun con la aneja escuela teológica o madrasa, y la de el Maridan, perteneciente al siglo XIV.
En la misma zona, más allá del Museo de Arte Islámico, se encuentran la mezquita de El-Azhar y la universidad homónima, la más atingua del mundo, centro propulsor del Islam sunnita.

Aquí la ciudad es una extensión ondulada de cúpulas que el viento vuelve unas veces brillantes y otras opacas, un peine de minaretes que trepan hacia el cielo calignoso semejantes a palmeras oscilantes. Sobre ella asoma la Ciudadela construida por Saladino sobre una terraza de roca. En 1811, Muhammad Ali invitó allí a la aristocracia de los mamelucos y luego, una vez cerrada la puerta de el Azaab, la exterminó, poniendo fin a una época de la historia de El Cairo y de Egipto. Toda la zona, está dominada por la mezquita de Muhammad Ali, la llamada “delicia turca”, completada a mediados del siglo pasado en “alabastro blanquísimo con delicados matices rosados”. La opulenta ornamentación interior y el gracioso patio con su reloj, regalo de Luis Felipe a cambio del obelisco situado hoy en la place de la Concorde de París, son una extravagancia exótica que siempre suscita la admiración del turista.

Pero la ciudadela no es sólo arquitectura y memoria. El panorama que se abre frente al visitante es imponente. Hacia occidente se divisa la Corniche, el Nilo blanqueado por las velas vibrantes de las falucas y la isla de Er-Roda, y más allá las cúspides puntiagudas de las pirámides. Al sur se divisa la trama del viejo El Cairo, El Cairo copto, encerrado dentro de las murallas de la fortaleza romana de Babilonia. Antaño estaba a la orilla del Nilo, pero ahora el río discurre medio kilómetro más al oeste. El viejo El Cairo es un enclave cosmopolita donde razas y creencias conviven sin perder su propia identidad. El edificio más característico es la iglesia colgada, porque está apoyada en los bastiones de la entrada sudoccidental de la fortaleza con la nave suspendida sobre el paso. Un suelo de placas de vidrio permite ver toda la altura de los muros. La construcción se remonta a una época antiquísima; el interior está revestido de madera de cedro y marfiles traslúcidos. El púlpito de mármol blanco con taraceas de mármol negro es el más bello de todo Egipto. Se remonta al siglo XII. Junto a la iglesia se encuentra el Museo Copto; un poco más allá la iglesia de San Jorge y la de Santa Bárbara y San Sergio, en cuya cripta cuenta la leyenda que se alojó la sagrada familia cuando huía de la persecución de Herodes.

A la hora de la puesta de sol, en la Ciudadela la luz del crepúsculo vibra. Los almuecines invitan a la ciudad a la oración entonando la llamada, y el día vuelve a comenzar. Por un momento el presente desaparece, nos vemos envueltos por la misma idea del tiempo, comprendemos lo que el Profeta dice de la vida: es un pestañeo. Pero hay que venir a El Cairo para entenderlo. Porque El Cairo es um al-dunya, la madre del mundo. Y todas las explicaciones nacen de aquí.