Amenofis El Faraón

originariamente Amenhotep IV o Amenofis. Faraón del antiguo Egipto de la dinastía XVIII, h. 1364-47 a.C. (según otra cronología, h. 1378-62 a. C.). Durante algún tiempo fue corregente con su padre Ameofis III. Quiso sustituir el politeísmo tradicional y en especial el culto al dios Amon, prediminante en la capital Tebas, por una religión monoteista centrada en el dios del Sol, Aton. Así cambió su nombre de Amenofis (“Amon me ampara”) por el de Akhenaton (“el que es grato a Aton”) y trasladó su corte de Tebas a la nueva capital de Akhnaton (“Horizonte de Aton”), la actual Tel el Amarna, en el Egipto Medio. Se proclamó sumo sacerdote de Aton y único mediador entre este y la humanidad. La reforma religiosa promovió el desarrollo de un nuevo estilo artístico de rasgos naturalistas y expresionistas. Akhenaton mostró poco interés por los problemas del imperio y descuidó su política exterior. De su matrimonio con Nofretete o Nefertiti, nacieron seis hijas. No se tienen noticias ciertas de los útlimos años de su gobierno. Su sucesor Semenkhere, le sobrevivió durante poco tiempo, a este siguió Tutankhamon (casado como el anterior con una hija de Akhenaton) que reestableció el culto a Amon. Mientras tanto, Akhenaton fue condenado como hereje y su nombre borrado de las listas de reyes.

En la larga y pausada Historia de Egipto, los últimos reinados de la XVIII dinastía constituyen un período fascinante, acaso el más estudiado por los historiadores de nuestros días. Fue un momento conflictivo, incómodo para los propios egipcios, hasta el punto de que sus cronistas prefirieron olvidarlo y borrar de la memoria el recuerdo de sus protagonistas. Pero, bien a su pesar, son muchos los documentos -cartas, ruinas, epígrafes y obras de Arte- que lo recuerdan e invitan a interpretar lo que pasó en aquellas décadas revolucionarias, protagonizadas por el singular Amenofis IV / Akhenaton, el faraón hereje.

Tus rayos amamantan las praderas/y éstas viven, crecen por ti cuando te alzas./Haces las estaciones para cuidar tus obras:/el invierno sirve para que puedan saborearte./Para elevarte hiciste el firmamento,/y desde él contemplas tu creación.

(Versos del Himno al Disco Solar, atribuidos al propio Akhenaton).

La teología solar

Ya desde el Imperio Antiguo, y en especial desde la V dinastía, la religión egipcia se había ido centrando en la figura del sol como base y cumbre de su mitología, y los himnos a los dioses solares y a su beneficiosa actividad se multiplicaban. El santuario de On (la Heliópolis de los griegos) había elaborado una teología que exaltaba a Ra (o Re), la energía solar, por encima de las demás deidades. Pero esta figura divina, abstracta y simbolizada por pirámides y obeliscos, resulta difícil de definir, debemos considerarla como la energía que impulsa al disco solar, el “aton” (o “aten”) en lengua egipcia, a moverse por el cielo de día y bajo tierra de noche. Podríamos, con todas las distancias, ver a Ra como un paralelo del griego Helio, dios del sol (helios), pero capaz de separarse de su carro -el disco solar propiamente dicho- para tener una vida mítica personal

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Ra nunca llegó a desplazar a los demás dioses solares, sino que éstos permanecieron de forma independiente, se incorporaron a su mitología o incluso se fundieron con él. Así, de una forma muy difícil de entender para nosotros, se adoraron de forma paralela múltiples dioses del sol -Harakhti, Khepri, etc-, algunos de ellos vinculados, como Eos entre los griegos a la Aurora enre los romanos, a un momento particular del día. Otros dioses, como Horus o Atum, pasaron a formar parte de las teorías cosmogónicas vinculadas al sol en distintos santuarios. Y, finalmente, sabemos que hubo diversas deidades locales que realzaron su carácter solar añadiendo a su nombre el de Ra: tal es el caso, por ejemplo, de Ra-Harakhti o, de un modo algo diverso, de Amón, el gran dios-carnero de Tebas, quien reafirmó sus pretensiones de preeminencia en todo Egipto, tomando el apelativo de Amón-Ra.

Sin embargo, a partir de cierto momento (por lo menos desde el reinado de Tutmosis IV), en el seno de la teología de Heliópolis empezóa desarrollarse, al parecer, una tesis innovadora, acaso influida por las religiones mesopotámicas, donde los astros y sus dioses tienden a su mayor identificación el “aton”, lejos de ser una masa inerte de la que salen rayos de luz, paso a ser considerado un verdadero dios, Atón, capaz de moverse y de pensar y actuar por si mismo, sin necesidad de un dios solar que lo impulse. Hay inscripciones que llaman a Amenofis III “deslumbrante Atón” en el proceso de divinización de su figura ´-Atum y Atón tendiían a identificarse, y no sólo por razones fonéticas-, lo que demuestra el alcance de este planteamiento teológico en los últimos años de su reinado.

Amenofis III se mantuvo al margen de las consecuencias que estas adquisiciones pudieran acarrear. Lo único que le interesaba era afirmar su propio carácter divino. Pero estas consecuencias, elaboradas cuidadosamente por los teólogos y estudiadas con pasión por el príncipe Amenofis, segundo hijo de rey, eran de enorme alcance. Si el disco sola es capaz de moverse y de penar por sí mismo, ¿qué utilidad, qué razón de ser tienen los demás dioses solares? Si Atón asume las funciones tradicionales de estos dioses -entre ellas, la de crear la via, y aun la tierra, o la de proteger hombres, animales y plantas-, ¿qué sentido tienen las demás deidades tradicionales cuyas funciones se mueven precisamente en estos campos? Obviamente, si se imponía un criterio lógico, la tentación del monoteísmo se planteaba como una opción a considerar.

Respecto a la Naturaleza

Por otra parte -ignoramos los detalles del razonamiento, pero podemos adivinar su sentido general-, la teología atoniana vinculada al culto al Sol con el respeto a la naturaleza creada, mantenida y modificada por él. Atón presidía el nacimiento y desarrollo de los seres vivos, y , dada su omnisciencia, no podía fallar ni equivocarse. Por tanto, no cabe perfección alguna fuera de la naturaleza. El ideal estético racionalista, al igual que la idea de que los seres vivos pueden ser feos o deformes, son impresiones falsas: lo que es, ha de ser y, por tanto, en Arte, el realismo es la norma más acorde con el culto a Atón. Este discurso teórico sí parece haber tenido cierto éxito a finales del reinado de Amenofis III, pues observamos una progresiva, aunque muy mesurada marcha hacia la esbeltez de las figuras y hacia el realismo en las facciones de cietos personajes rebasando los límites de las tradiciones más afincadas en la estética egipcia.

Corregencia de Amenofis III

Ciertos autores han supuesto que Amenofis III aceptó desde pronto la corregencia de su nuevo príncipe heredero y que, por tanto, Amenofis IV comenzó a reinar cuando a su padre le quedaban unos ocho años de vida. Sin embargo, esto es hoy, generalmente, rechazado, pues supondría la convivencia de dos monarcas -padre e hijo- con actitudes religiosas poco compatibles y prácticamente destinadas a enfrentarse, y nada ha trascendido documentalmente sobre esas casi obligada tensiones.

En consecuencia puede suponerse que, aunque Amenofis IV pudo recibir de su padre títulos y funciones de carácter regio, no fue coronado faraón hasta después de la muerte de su progenitor, lo que parece deducirse de una carta del monarca hitita Shubbiluliuma. Incluso, puede que transcurrieran meses entre la muerte del padre y la coronación del hijo, según una misiva del rey de Mitanni a la reina viuda Tiy, prueba de que ésta cumplía la función de regente provisional.

Amenofis IV hubo de ser coronado por tanto, a fines del año 1353 o principios del 1352 a.C., cuando contaba algo más de veinte años de edad. Al parecer, no necesitó renovar la tradicional leyenda, repetida al comienzo de cada reinado, según la cual el nuevo rey era hijo de Amón: le bastaba con ser hijo de los ya divinizados Amenofis II y Tiy, pues ello le confería sin discusión la naturaleza divina.

Amenofis IV se había convertido ya en el principal seguidor, e incluso en el juvenil promotor de la teología atoniana, pero como monarca, se sentía obligado a medir sus pasos y contemporizar con la religión tradicional. Simbolizan esta actitud la conclusión de los pílonos de Karnak, inciciados pr su padre: la celebración en Tebas de un festival Sed en el segundo año del reinado -festival en el que se identificaron las figuras de Atón y Ra-Harakhti-; el inicio de las obras para la tumba del rey en el Valle de los Reyes, y otros trabajos (en particular, un gran relieve con su imagen en actitud de derrotar a los enemigos de Egipto) que el monarca ordenó realizar en el templo de Amón en Karnak. Amenofis IV se esforzó en demostrar que no caería en el monoteísmo o que respetaría a los viejos dioses considerándolos, acaso, premoniciones de Atón.

Sin embargo estas demostraciones de fidelidad y compromiso tenían sus contrapartidas. Junto al templo de Amón de Karnak, aunque al exterior de su recinto sagrado, Amenofis IV hizo construir con pequeños bloques de piedras -los hoy conocidos como talatat- cuatro teplos en honor de Atón: el Gemetpaatón, el Rudmenu, el Tenimenu y el Hutbenben erigidos por este orden durante los años segundo, tercero y cuarto del reinado. Con estas obras seguía una iniciativa de su padre, pero acelerando el proceso de introducción del nuevo culto.

Además, el nuevo monarca quiso dejar clara, desde el principio, su revolucionaria actitud estética. En el peristilo del templo Gemetpaatón, unos pilares de aspecto osiriaco muestran a Amenofis IV, más que realista, caricaturizado. Consciente de sus deformidades corporales, acaso debidas a que padeciese una enfermedad congénita -acaso el “síndrome de Marfan”, caracterizado por el desarrollo longitudinal de los huesos y del cráneo-, se hizo representar con cabeza casi equina, largos y colgantes labios, enorme nariz, ojos alargados, mejillas hundidas y un cuerpo flaco con vientre hinchado y prominente: un verdadero desafío a los cánones tradicionales y un canto a la belleza expresionista de lo deforme. Jamás había sufrido el Arte un cambio tan drástico en un instante, aunque quizá el monarca y sus artistas de Corte (dirigidos entonces por el escultor Bek, que se proclamaba inspirado por su señor) lo viniesen meditando desde tiempo atrás.

Cada gesto que hacía el rey mostraba que, con el paso del tiempo, su actitud religiosa, lejos de aproximarse a la tradición en busca de consenso, se dejaba arrastrar hacia planteamientos monoteistas radicales. Además dejaba clara su intención de imponerse si concesiones pues multiplicaba medidas para asegurarse la fidelidad del ejército. Por su parte, el clero de Amón, consciente de que se jugaba influencia, poder y riquezas, prefería un enfrentamiento abierto a un lento declinar y protanizaba gestos que irritaban al monarca.

En cierto punto, la siutación se hizo insostenible. Como primera muestra inequívoca de hostilidad y ruptura, en el cuarto año de su reinado, Amenofis IV renunció a su propio nombre, que significa “Alegría de Amón” y tomó el de Aj-en-Aton, “Servidor de Aton”.

El-Amarna, una capital para un dios

Lo curioso es que Amenofis IV /Aj-en-Aton, en lugar de enfrentarse en la propia Tebas con sus oponentes -sus decisiones más sonoras en este sentido fueron la prohibición al Sumo Sacerdote de Amón de administrar sus bienes y la cancelación de los nombres de los dioses en ciertas inscripiciones de Karnak-, prefirió abandonar el campo y retirarse a una nueva capital. Sin duda, quiso evitar un combate brutal de imprevisibles consecuencias.

No retornó a Menfis, que si bien le hubiera recibido de buen grado por su cercanía a Heliópolis, pero también le hubiese obligado a contemporizar con el poderoso clero de Ptah. Prefirió buscar en el Egipto Medio un lugar despoblado y fértil, hoy llamado El-Amarna en la ribera oriental del Nilo, y allí decidió, en el cuarto año de su reinado, construir la ciudad de ajet-Atón (“Horizaonte de Atón”), para convertirla, a la vez, en Corte y centro de culto. En las estelas que hizo colocar en los extremos de su demarcación hizo gala de mesura, asegurando que la ciudad, reducto de los seguidores de Atón, no crecería más allá de esos límites, señalados para siempre.

La nueva urbe fue trazada de forma racional, con grandes avenidas y calles aseadas. Tres barrios se alineaban de norte a sur, a lo largo del Nilo, y entre ellos se encontraban los palacios reales y los de los nobles más encumbrados. Las casa, en general, eran amplias y bien distribuidas, y entre todos los edificios destacaban dos grandiosos templos dedicados a Atón -el más grande medía 180 metros de longitud- ambos formados por varios patios entre pilonos truncados que permitían el paso del sol en todos los puntos, el sencillo culto a Atón, basado en la ofrenda de frutas y plantas, debía celebrarse a la intemperie, bajo los rayos solares.

Aj-en-Aton tenía prisa por trasladarse a esta nueva capital, lo que explica que en sus edificios predominase el adobe y escasease la piedra tallada. Era más rápido recubrir las endebles arquitecturas domésticas, e incluso palaciegas, con enlucidos y pinturas de vivos colores, todas ellas destinadas a exaltar la naturaleza. En un par de años, la recién fundada ciudad ya era habitable, y a ella se dirigió el monarca en el sexto año de su reinado (1347 ó 1346 a.C.). Con el viajaron toda su Corte y sus archivos, tan útiles para trazar la Historia de esos años.

Akhenaton y Nefertiti

Resulta difícil definir quién componía esta Corte, desde luego, su núcleo centra era la propia familia del rey, Akhenaton tenía, como sus antecesores, numerosas esposas y concubinas. Su esposa principal, ya dese antes de comenzar su reinado, era la inolvidable Nefertiti (significa “la bella ha llegado”), que añadió a su nombre el de Nefernefruatón (“Bellos resplandor de Aton”) en honor de la deidad suprema. Aunque ignoremos quiénes fueron sus padres, era egipcia, pues tuvo en Egipto una hermana y sabemos que su nodriza fue la dama Tey, esposa de Ay, magnate destinado a convertirse en faraón unos años más tarde. Debe descartarse por tanto, la creencia de que Nefertiti fuese hija de un monarca asiático.

Por razones políticas y religiosas, la iconografía regia se centró en Akhenaton y Nerfertiti, basándose en la pareja formada antaño por Amenofis III y Tiy. Las figuras de los jóvenes monarcas, muy equiparadas en altura y, por tanto, en importancia, llegaron a formar una verdadera triada con el disco de Atón. Al fin y al cabo, pese a su monoteismo, Akhenaton no había renunciado al carácter divino de él mismo y de su esposa.

 

 

Entre las esposas secundarias de Akhenaton se conoce a Tadukhepa, la hija del rey mitannio Tushratta, que acaso no había llegado a consumar su matrimonio con el enfermo Amenofis III; también sabemos que tuvo particular relevancia en la Corte, durante varios años y hasta el undécimo del reinado, la “Esposa muy amada” Kiya, de posible origen asiático. Esta última, que habitaba en el Palacio Norte de El-Amarna, tuvo al menos una hija y pudo ser la madre de Tut-anj-Aton (después Tuankhamon), según una opinión bastante extendida en la actualidad. Incluso es posible que muriese en el parto de este príncipe, o que Nefertiti lograse apartarla para evitar su competencia en el harén.

En los palacios de El-Amarna vivieron otros miembros conocidos de la familia real. Es muy probable, en concreto, que la reina viuda Tiy, acompañada por su hija (o nieta) Baketaton, pasase con su hijo Akhenaton sus últimos años. También habitaron en el palacio principal, y fueron repetidamente retratadas junto a sus padres, las seis hijas del monarca y de Nefertiti, de las que merece la pena recordar, ante todo, a las tres primeras: la mayor fue Meritaton, nacida hacia la época en que su padre accedió a trono, ella fue la que reemplazó a Kiya en el Palacio Norte y la que, en principio, podría suceder a susu padres a falta de heredero masculino. La segunda era Meketaton, nacida hacia el tercer año del reinado, que moriría prematuramente, y la tercera fue Ankhesenpaton. Las tres menores fueron Nefernefruaton-tasherit, Nefernefrura y Setepenra, esta última debió de nacer en el décimo año del reinado.

Cabeza inacabada de Nefertiti, hallada en el taller de escultura de Djhutmosis, en Tell el Amarna (El Cairo, Museo Egipcio)

 

Entre las esposas secundarias de Akhenaton se conoce a Tadukhepa, la hija del rey mitannio Tushratta, que acaso no había llegado a consumar su matrimonio con el enfermo Amenofis III; también sabemos que tuvo particular relevancia en la Corte, durante varios años y hasta el undécimo del reinado, la “Esposa muy amada” Kiya, de posible origen asiático. Esta última, que habitaba en el Palacio Norte de El-Amarna, tuvo almenos una hija y pudo ser la madre de Tut-anj-Aton (después Tuankhamon), según una opinión bastante extendida en la actualidad. Incluso es posible que muriese en el parto de este príncipe, o que Nefertiti lograse apartarla para evitar su competencia en el harén.

En los palacios de El-Amarna vivieron otros miembros conocidos de la familia real. Es muy probable, en concreto, que la reina viuda Tiy, acompañada por su hija (o nieta) Baketaton, pasase con su hijo Akhenaton sus últimos años. También habitaron en el palacio principal, y fueron repetidamente retratadas junto a sus padres, las seis hijas del monarca y de Nefertiti, de las que merece la pena recordar, ante todo, a las tres primeras: la mayor fue Meritaton, nacida hacia la época en que su padre accedió a trono, ella fue la que reemplazó a Kiya en el Palacio Norte y la que, en principio, podría suceder a su padres a falta de heredero masculino. La segunda era Meketaton, nacida hacia el tercer año del reinado, que moriría prematuramente, y la tercera fue Ankhesenpaton. Las tres menores fueron Nefernefruaton-tasherit, Nefernefrura y Setepenra, esta última debió de nacer en el décimo año del reinado.

Uno de los problemas más debatidos a la hora de enjuiciar la actitud de Akhenaton frente a su pueblo es el número de magnates de Amenofis III que prosiguieron su carrera en El Amarna ¿Hubo una cierta continuidad, que induciría a pensar en funcionarios leales a la monarquía frente al poder de los sacerdotes de Amon? O, por el contrario ¿tuvo el monarca hereje que llamar a gentes nuevas, escogiéndolas entre ambiciosos capaces de venderse a quien les ofreciese un futuro lucrativo?

Con todas las cautelas debidas, hoy se impone la visión más negativa: son muy pocos los aristócratas que, como Ay o como el mayordomo real, Parennufe, pasaron sin inmutarse de la corte de Tebas a la de El Amarna. en las tumbas halladas junto a la nueva capital, se leen largas declaraciones en las que eldifunto canta las alabanzas de Aton, insiste en su lealtad al monarca y confiesa deberle todo en la vida. Muchas de estas fórmulas son sencillas repeticiones de una terminología tradicional en Egipto; pero siempre choca la insistencia y la longitud de estos serviles agradecimientos. Da la impresión de que, en su fanatismo, el onarca identificaba lealtad y aceptación ciega del clero atoniano, y que muchos potentados de viejas familias prefirieron retirarse a sus dominios esperando el final de un experimeinto que, dada la salud precaria del faraón, no podía durar muchos años.

De cualquier modo, se conocen los nombres y perfiles -no sólo físicos- de numerosos miembros de esta Corte devota de su señor. Baste recordar a un personaje de particular relieve, el visit Nakht, que habitó un lujoso palacete al sur de la capital; al gran sacerdote de Aton, llamado Merire, y a un artista cortesano de fama imperecedera: Tutmosis, que representó la vertiente más realista del estilo amarniense -frente al expresionismo de Bek- y de cuyo taller proceden algunas de las obras más famosas del Arte Egipcio, encabezadas por el Busto de Nefertiti conservado en Berlín.

Obra maestra del Arte amarniano:representación de Nefertiti como diosa del amor y la fecundidad, lo que luego serían la Afrodita griega y la Venus romana, de ahí el realce de las zonas erógenas (París, Museo del Louvre).

 

La vida en Amarna era, como es lógico, muy semejante a la de cualquier ciudad egipcia. Sólo en el aspecto religioso se apreciaban ciertas diferencias. Todas las mañanas, la pareja real partía del palacio en su carro paa ir a ofrecer culto y ofrendas al gran templo de Aton. Por lo demás, no parece que hubiese grandes fiestas anuales como las que animaban, con sus barcas y procesiones, los grandes santuarios del reino. En cuanto al culto funerario, parece que se regía por unos planteamientos teóricos contrarios a la tradición osiríaca: las tumbas estaban al este de la ciudad, como aproximándose a la salida del sol, y es muy probable que se ofreciesen a las almas de los difuntos sacrificios en los múltimples altares que cubrían los recintos sagrados de Aton. Acaso creyeran que las almas vagaban por el aire y se aproximaban a recoger sus ofrendas bajo los benéficos rayos del dios único. En una creencia de este tipo, la ética quedaba totalmente separada de la vida de ultratumba.

Resulta, por el contrario, muy difícil determinar si la herejía atoniana afectó de algún modo al conjunto de la sociedad egipcia. Según parece, ser retiraron subvenciones a muchos cultos -empobreciendo sin duda las fiestas-: se ejercieron presiones sobre algunos colectivos del clero, se cacelaron nombres de deidades concretas e, incluso el plural “dioses” en diversos templos y, sobre todo, se comtatió con la mayor energía el culto de Amon y su consorte Mut, tachando sus nombres en una brutal campaña fechable en el décimo año de su reinado.

En cambio, no parece que hubiese un proselitismo muy activo del nuevo credo -son escasos los templos de Aton documentados fuera de El Amarna-, ni que éste fuese por el completo excluyente: algunos dioses, como Thot o Maat, fueron aceptados e incorporados a la teología atoniana (sin duda como personificaciones de virtudes) y, por lo demás los cultos particulares y domésticos se mantuvieron sin problemas incluso en los barrios populares de El Amarna.

Debilidad exterior

Se conoce relativamente bien el perído de Amenofis IV/Akhenaton hasta el año 12 de su reinado (1340 a.C.) en el que coincidieron tres acotnecimeintos importantes: una fastuosa recepción a la que acudieron numerosos embajadores asiáticos y africanos; la muerte de la princesa Meketaton, que fue enterada en el hipogeo destinado a la familia real, y una campaña contra Nubia (el único hecho de armas en todo el reinado) que se saldó con ochenta muertos y ciento cuarenta y cinco prisioneros entre lso enemigos.

Esta campaña, pese a su modestia, matiza mucho el pretendido pacifismo de Akhenaton y su amor por todos los pueblos. Sabems qeu, desde el comienzo mismo de su reinado, el faraón se mostró desdeñoso y aun insultante con los tradicionales aliados de Mitanni y Babilonia; pero, además y sobre todo, año tras año, los príncipes vasallos de Egipto en la zona de Sirira y Palestina vieron cómo sus solicitudes de ayuda militar eran sistemáticamente ignoradas por la Corte de El Amarna. Unos han interpretado esto como dejadez; otros, como deseo de paz universal por parte del monarca egipcio. Pero, es probable que la explicación sea más prosaica y desalentadora: los vasallos solicitaban esta ayuda para combatirse entre ellos, tachando cada cual de traidor a su enemigo, y es bien conocido que los generales y enviado egipcios resultaban poco fiables en sus informes -tanto por interés como por simple incompetencia-, por lo que únicamente contribuían a llenar de dudas la Corte de Akhenaton. En estas circunstancias, era fácil caer en la tentación del mero “divide y vencerás”, abandonando a todos a su suerte.

Aparte e la incapacidad para distinguir a los amigos de los enemigos, el defecto más importante que se puede achacar al entorno de Akhenaton es su falta de visión histórica, que le impidió reaccionar con prontitud a la destrucción del reino de Mitanni y la organización de un imperio mucho más agresivo: el monarca hitita Shubbiluliuma. Es posible que se firmase un tratado de paz con este último, pero, desde luego, se dejaron las maonso libres para organizar sus fuerzas al norte de Siria, y este proceso fue minando el prestigio de Egipto más allá del Sinaí.

Akhenaton reinó diecisiete años, pero de ellos, los cinco últimos se presentan ante nosotros sumidos en el misterio. De forma súbita, desaparecen los documentos epistolares de los archivos de El Amarna, por que eran los que seguían siendo útiles después de la muerte del rey y los archiveos se los llevaron al trasladarse la Corte. Por tanto, quedan como únicos guías los epígrafes, los relieves y las esculturas.

En tan magra documentación, los datos quedan aislados y sin contexto, abriendo amplios abanicos de posibilidades e interpretaciones. Si el nombre de Nefertiti desaparece de las inscripciones en el año 13 del reinado ¿ha de decudirse que murió, que se enfrentó a su esposo o que cambió de nombre oficial? Si, como parece, la reina madre Tiy y dos de las tres hijas menores de Akhenaton y Nefertiti murieron hacia ese mismo año, ¿es plausible la hipótesis de una peste que asolase la capital del reino? Si al final de la vida del monarca se atisba un intento de conciliación entre la corte de El Amarna y el clero de Tebas, ¿permite atisbar una crisis matrimonial entre Nefertiti y su marido, enfrentados por sus posturas más o menos fanáticas o claudicantes? Si, a efectos protocolarios, la princesa primogénita Meritaton sustituyó al lado de Akhenaton a su madre Nefertiti ¿fue por que esta última murió, o porque cayó en desgracia, o porque, por el contrario, ascendió al pueso de corregente? ¿Hay que pensar por lo demá, que Akhenaton se casó realmente con su hija?

Escasas certezas

Realmente, se trata de un período asentado en arenas movedizas y proclive a desatar las fantasías más desaforadas de los historiadores. Lo único seguro es que hubo de plantearse, ante la deadencia física del monarca, el problema de la sucesión. Puesto que la pareja real carecía de hijos varones, la línea dinástica -línea regia e incluso divina, como se sabe- pasaba por las hijas vivas de Nefertiti o en su defecto, por hijos que Akhenaton hubiese podido tener con alguna esposa secundaria.

Siguiendo este criterio, Akhenaton, sintiéndose ya muy enfermo, se apoyó en la compañía de Semenkhare (o Se-Mener-Ka-Ra), una persona de la que se sabe tan poc que incluso su sexo es motivo de discusión. Para unos, fue un principe de incierto origen que se casaría con la princesa Meritaton para legalizar si derecho al trono. Para otros, fue sencillamente la propia Nefertiti, que cambió su nombre y que se haría acompañar por su hija mayor en los actos oficiales

Sea como fuere, Semenkhare comenzó a reinar conel nombre regio de Ankhetkheprura, junto a Akhenaton. Al poco tiempo, el gotado y fanáticomonarca muró, con 37 años de edad, posiblemente ciego y de un ataque al corazón, si realmente padeció el “síndrome de Marfan”. A su debido tiempo fue enterrado (probablemente en la tumba labrada para la familia en Amarna) y Semenkhare permaneció como único/a señor/a de Egipto (1335 a.C.).

El reinado en solitario de este monarca fue breve, entre uno y tres años, y se desconoce casi todo lo que ocurró en él. Los egiptólogos aceptan que Semenkhare quiso dar un sesgo conciliador al cisma atoniano y que, para mostrar su buen talante, abandonó El Amarna. Es muy posible, por tanto, que se hiciese enterrar en el Valle de los Reyes.

 

Smenkhare y su esposa Meritatón. Una pareja envuelta por el misterio que vivió en un período desconocido. Placa de gress policromado procedente de Tell el marna (Berlin Staarliche Museum)

Se ignora como murió Semenkhare, pero puede suponerse que su Corte era un peligroso hervidero de tensiones y conjuras. Para mayor confusión, surge al final de su reinado otra sombra huidiza que parece tomar el poder con los nombres de Nefernefruaton Ankhetkheprura, es decir, los mismos que habían adoptado en distintos momentos Nefertiti y Semenkhare (si fueron distintas personas). Obviamente, las interpretaciones entrecruzadas vueven a enfrentarse: ¿se trata de Semenkhare con un nombre añadido, o de Meritaton convertida en reina viuda, o de la propia Nefertiti en un enésimo cambio de nombre? Pero fuera quien fuese, apenas pudo durar unos meses en el trono.

La hora del cambio

Tras la desaparición de este personaje fantasmagórico, se impuso de nuevo en la Corte un sector vinculado a la teología atoniana. Este grupo de magnates alzó hasta el trono (1333 a.C.) a n niño de 10 años, Tutanankhaton, precozmente casado con la princesa Ankhesenpaton, algo mayor que él, y le impulsó a volver a El Amarna.

En unos dos años, recuperaron el poder los partidarios del retorno a las tradiciones, entre los que se contaban sin duda el incombustible Ay y el general Horemheb, curtido ya ensus primeras campañas contra los hititas. En consecuencia, el joven rey hubo de olvidar para siempre la Corte de su infancia. En 1330 a.C. ambió su nombre por el de Tutankhamon, quellevaría hasta el final de su breve reinado (1323 a.C.), hizo que su esposa tomase el de Ankhesenamon, asumió la idea de que el período de Akhenaton -acaso su padre- había sido un paréntesis digonod e vituperio y olvido, y volvió al culto y a las costumbres de lso antepasados. Símbolo de esta actitud fueron sus leyes, que restauraban los antiugos templos y devolvían sus cargos a la antigua nobleza desposeída en el período amarniense. Sin embargo, no toda la labor del faraon hereje había sido vana. En el plano artístico y cultural, el realismo militante, aunque muy dulcificado, se mantuvo durante décadas, asombrándonos todavía hoy en el fabuloso ajuar funerario de Tutankhamon. En cuanto al aspecto político, cabe señalar que la revancha del clero de Amon fue una victoria pírrica: si Tutankhamon adoptó el nombre del dios tebano, multiplicó monumentos en su honor y abandonó El Amarna, no debe olvidarse que lo hizo para instalar su Corte en Menfis.

Era evidente que un monarca egipcio y un monarca incluido en la tradición de los Amenofis, sólo podía asegurar su poder omnímodo, prácticamente divino, si se alejaba de Karnak. Akhenaton había intentado acelerar el proceso de centralización y consaración del poder inciado por su padre. En parte había fracasado, pero en parte también, había ahondado en el surco para dejar paso a lo que, pocas décadas más tarde, será el polde totalitario de Ramses II.

 

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